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El abismo nos devuelve la mirada

Ahora que ha pasado un tiempo prudencial tal vez sea el momento de dedicar unas líneas a The Last of Us Part II. El hype es muy mal compañero de viaje, y muchas veces tendemos a sobre-reaccionar cuando tenemos una idea muy clara de como deberían ser las cosas. Nos decimos a nosotros mismos que somos un público informado; pero la verdad es que nos estamos volviendo un poquito gilipollas. Hemos perdido de vista que un autor es dueño de su obra, y puede plasmar en ella lo que quiera.

No voy a entrar a valorar la polémica sobre la orientación sexual de los personajes, estamos en 2020 por si alguien no se ha enterado; pero sí quiero avisar de que el texto a continuación contiene spoilers, así que leedlo con responsabilidad. De todos modos, si a estas alturas no has completado el juego supongo que tampoco te interesaba mucho.


The last of Us Part II es un juego complicado. No por que sea mecánicamente desafiante. Es complicado porque es difícil de digerir. Es una obra de autor, toma decisiones arriesgadas, y se equivoca bastantes veces; pero en conjunto los aciertos pesan más, y consiguen equilibrar el título para hacerlo tal vez no lo mejor que hemos jugado; pero sí una experiencia notable.

Se cargan a Joel. Así en frío, y además muy pronto. Nos dejan a todos con cara de haba y nos presentan un Western, uno en el que la venganza va a ser el hilo conductor. En estos primeros compases lamentablemente empieza ya a tomar forma el que a la postre será uno de mis principales problemas con este juego. No aguanto a Ellie. Ha crecido, está en una edad complicada, está frustrada. Es comprensible; pero me dan ganas de tirarle una zapatilla muchas veces. Pues te queda todo el juego con ella tronco -eso pienso- así que prepárate.

Sin embargo, al rato sucede algo que equilibra la balanza. Los compañeros de Ellie se salen. Desbordan personalidad y carisma, de modo que aunque la protagonista me ponga nervioso, los secundarios consiguen mantener mi interés. Por si fuera poco se nos regalan varios momentos musicales sublimes, donde los valores de producción exquisitos y el buen gusto marcan realmente la diferencia. A estas alturas me digo a mi mismo que me da igual lo que pase a continuación, solo por escuchar los covers de Joel y Ellie venir aquí ha merecido la pena.

Es poco después, con el juego ya carburando a pleno rendimiento, cuando se perfila el que va a ser mi segundo problema. Me aburro.

No se le pueden poner pegas al control, ni a los puzzles -sencillos pero agradables- que se nos van presentando. Los tiroteos también funcionan y el sistema de sigilo está correctamente implementado. Es un juego de Naughty Dog al fin y al cabo. Pero me aburro. La trama avanza lenta, muy lenta, y las situaciones de combate se parecen todas entre sí. Demasiado. Cuando conseguimos limpiar una zona de enemigos y parece que va a pasar algo... caemos en otra zona mecánicamente idéntica en la que tenemos que hacer básicamente lo mismo, y así una y otra vez. 

Pasan las horas y la atención decae, tengo ganas de que acabe de una vez esta sucesión de arenas de combate que ya no me aportan nada. Quiero conocer los detalles de la historia, lo único que a estas alturas mantiene el tipo. Pinta decepcionante. No se qué tiene que pasar para arreglarlo.

Pero sorpresas te da la vida. Y cuando ya estoy, pienso, a punto de terminar el juego para proceder a olvidarme de él, se restaura el equilibrio y vuelvo a engancharme. Resulta que los malos no son los malos, y los buenos no son los buenos. O todo a la vez. La vida misma.

El juego vuelve a empezar; pero esta vez nos quitan a la petarda de Ellie y nos dan el control de Abby. Y aquí la cosa se pone interesante.

Abby es una maravilla como personaje jugable. Su historia está llena de matices y contradicciones; pero sobre todo es digno de alabanza que la dirección del juego nos permita encarnar al otro -la otra en este caso-. Hay que ser valiente para tomar la decisión de borrar de un plumazo el estereotipo de héroes y villanos y ponernos en la piel de la hija de puta que mata a Joel. Es refrescante ponerle voz y rostro a aquellos que hace unos minutos estábamos masacrando por docenas, como quien salta sobre setas en el Mario.

La magia de The Last of Us Part II es que empatizamos con Abby. Le entendemos. Le respetamos. Sufrimos con ella y por ella y queremos que, en algún lugar de este mundo de mierda, le vaya bien.

Y sí, volvemos a caer en la repetición en las escenas de combate, y sí, volvemos a aburrirnos; pero la historia de Abby es tan interesante, está tan bien contada, que hasta cierto punto nos da igual. Y cuando el juego avanza y nos presenta otros personajes, caemos en la cuenta de que hemos estrechados lazos con ella. Nos replanteamos casi todo lo que dábamos por hecho a cerca de Joel y Ellie. Les perdonamos a todos un poco -tal vez nos perdonemos a nosotros mismos- y dejamos de odiar. Un resultado curioso después de tanta violencia y sin duda el gran triunfo de este juego.

Al final, cambio de localización, moraleja sobre el camino de no retorno que entraña la venganza, y desenlace. El desenlace en un Western es un duelo a la luz de la luna, y esto es un Western al fin y al cabo. 

El duelo termina y las protagonistas vuelve a casa. Tal vez no a la que esperaban volver, o a la que nosotros esperábamos que volvieran cuando nos decíamos en nuestra mente lo que The Last of Us Part II debía ser; pero recordemos lo que apuntábamos al principio. Somos espectadores.

Particularmente pienso que le sobran varias horas; pero de nuevo, este no es mi juego. Es de Naughty Dog. Han sido valientes y me alegro por ello. No todo son castillos y principes. El mundo real es más complicado, más oscuro y menos amable. Las personas son buenas y también son malas. Las circunstancias pueden empujarnos al abismo y, como decía Nietzsche, el abismo nos devuelve la mirada. 

Ha sido estimulante asomarse a ese otro lado.


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